Bajar la velocidad: el arte de la autorregulación emocional
- Laura Pleguezuelos
- 26 oct 2025
- 2 Min. de lectura
Ayer iba conduciendo por la autovía. El día era tranquilo, la conversación ligera, y sin darme cuenta, el coche iba más rápido de lo permitido.
Mi amiga, desde el asiento del copiloto, me dijo con suavidad: Oye, baja la velocidad, que vas muy rápido.
Miré el velocímetro y me sorprendí. No había notado la aceleración, como si mi cuerpo y mi atención hubieran tomado caminos distintos.
En ese instante, me di cuenta de algo más profundo: no solo iba demasiado rápido en la carretera, también a veces lo hago en la vida. Me muevo sin darme cuenta, en piloto automático, dejándome llevar por inercias, emociones o pensamientos que corren más deprisa de lo que puedo sostener.
Cuando el cuerpo acelera y la mente se desconecta
Decidí entonces cambiar de carril. Me puse detrás de otro coche, permitiéndome seguir su ritmo. Esa pequeña acción —aparentemente simple— me ayudó a modular mi velocidad, a reconectar con la sensación de estar aquí.
Y pensé: Esto es exactamente lo que ocurre cuando no regulamos nuestras emociones.
Muchas veces escucho frases como:
“No puedo hacer nada con lo que siento.”
“No me puedo controlar.”
“Soy incapaz.”
Pero la verdad es que la emoción no llega de golpe. Primero es una gota, luego otra, y otra más…hasta que el vaso se derrama.
El problema no es sentir demasiado. El problema es no darnos cuenta de lo que está pasando antes de que el cuerpo se desborde.
Vivimos tan en la mente, tan desconectados del cuerpo, que solo advertimos la intensidad cuando ya hemos cruzado el límite.
El momento en que nos damos cuenta
La autorregulación emocional empieza justo ahí: en el instante en que volvemos a darnos cuenta.
No se trata de frenar en seco, ni de reprimir lo que sentimos. Se trata de mirar con conciencia, de aprender a reconocer las señales pequeñas: la tensión en el pecho, la respiración que se acorta, el pensamiento que insiste.
Así como al conducir decidí seguir el ritmo de otro coche, podemos buscar apoyos que nos ayuden a no acelerarnos tanto: respirar, detenernos, hablar con alguien, cambiar el entorno, observar sin juicio.
Poco a poco, esas ayudas externas se transforman en recursos internos. Aprendemos a sostenernos. A conducirnos desde la presencia.
La madurez de sentir conscientemente
Responsabilizarnos de nuestras emociones no significa controlarlas, sino acompañarlas. Es aprender a estar con lo que sentimos sin dejarnos arrastrar. A cuidar lo que hacemos con nuestras emociones, para que no tengan un impacto que después lamentemos.
La autorregulación no es un destino, es una práctica. Un arte que se cultiva con paciencia, autoconocimiento y amabilidad.
A veces basta con una frase —como ese “baja la velocidad” que me dijo mi amiga— para recordarnos que no hace falta ir tan rápido. Que podemos soltar el acelerador, mirar alrededor y volver a sentir el cuerpo en el asiento.
Porque vivir con consciencia no es no sentir, es aprender a hacerlo a la velocidad de la vida.
✨ Si te descubres conduciendo demasiado rápido por dentro, tal vez necesites cambiar de carril por un momento. La terapia puede ser ese tramo de la carretera donde el paisaje se aclara y vuelves a sentir el volante entre tus manos.



Usted,tiene mucha razón