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El trauma y la lucha por sobrevivir

  • Foto del escritor: Laura Pleguezuelos
    Laura Pleguezuelos
  • 7 dic 2025
  • 3 min de lectura

No sé si alguna vez te ha pasado: un día te sorprende la forma en que reaccionas ante algo pequeño. Un comentario, un gesto, una mirada que no parecía tener importancia. Y, sin embargo, dentro de ti algo se enciende… o se apaga. No entiendes muy bien por qué, pero tu cuerpo responde antes que tú.

A veces no es el presente el que habla. Es la historia.

Hay personas que crecieron aprendiendo, sin quererlo, que el mundo podía ser peligroso. Que no había brazos donde descansar. Que quienes debían protegerlas eran, también, quienes podían herirlas. Cuando eso ocurre, el cerebro aprende una lección que no se olvida fácilmente: si quienes debían cuidarme fueron una amenaza, cualquier otro ser humano podría serlo también.

Y esa idea —aunque hoy ya no tenga sentido— sigue guiando pasos, decisiones y silencios.

Cuando el peligro se queda dentro


El cuerpo nunca olvida. Si sobrevivió a base de alerta, seguirá creyendo que la alerta es necesaria. Aunque hayas cambiado de casa, de país o de vida, tu sistema nervioso no lo sabe. Para él, sigue siendo peligroso bajar la guardia.


Por eso hay personas que:


  • se tensan ante gestos amables,

  • dudan de la calma,

  • se sorprenden sintiéndose inseguras en lugares seguros,

  • esperan que algo malo ocurra incluso cuando todo está en orden.


No es desconfianza “sin motivo”. Es un cerebro que aún no ha recibido la noticia de que ya está a salvo.


Trabajar con el trauma es trabajar con la seguridad


Sanar no empieza abriendo heridas. Empieza ofreciendo refugio.


Seguridad para el cuerpo.

Seguridad para la emoción.

Seguridad para la historia.


Solo cuando el organismo percibe que ya no tiene que defenderse, aparece un espacio distinto: un espacio donde es posible sentir sin desbordarse, recordar sin romperse, explorar sin temblar.


La curiosidad, esa capacidad tan humana de descubrir el mundo, solo florece cuando nos sentimos a salvo. Cuando el peligro parece posible en cualquier esquina, la vida se reduce a sobrevivir. No hay espacio para el juego, ni para el deseo, ni para la expansión.


Cuando la identidad también se ve afectada


Una de las heridas más profundas del trauma no es lo que ocurrió, sino lo que nos hace creer sobre nosotros mismos.


Muchas personas no piensan: “Lo que viví fue un problema.” Piensan: “Yo soy el problema.”


Sienten que hay algo malo dentro de ellos. Creen que hay algo en su interior que está roto, defectuoso, imposible de comprender. Y tal vez llevan años intentando ser “diferentes”, sin saber que no es un defecto: es un mecanismo de supervivencia que hizo lo que pudo.


Cómo afecta en el día a día


El trauma no siempre grita. A veces se presenta en pequeñas cosas:


El sobresalto fácil.

El miedo a decepcionar.

La dificultad para confiar.

El cansancio que no se explica.

La sensación de no pertenecer.

El impulso de huir cuando alguien se acerca demasiado.


No siempre reconocemos su origen. Solo sabemos que algo dentro de nosotros reacciona como si aún estuviéramos en aquel lugar del que un día salimos.


La posibilidad de reescribir lo aprendido


Lo que se aprendió para sobrevivir, también puede transformarse para vivir.

El sistema nervioso cambia. La mirada cambia. La forma de estar en el mundo cambia.

Sanar no es olvidar. Es poder mirar la vida sin que el pasado tome todas las decisiones. Es reencontrarse con uno mismo sin que la herida ocupe todo el lugar. Es volver a descubrir que la calma existe, que la curiosidad vuelve, que la seguridad se puede sentir. ✨ El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar; por eso sanar implica enseñarle al organismo que ya no está en peligro.





 
 
 

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Laura Pleguezuelos Psicología N.C. A013808        © Todos los derechos reservados

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