Permitirnos fallar. Soltar el control
- Laura Pleguezuelos
- 12 nov
- 2 Min. de lectura
El otro día hablé con una psicóloga con la que compartí una formación hace unos años. En medio de la conversación surgió algo tan sencillo como esto: “¿Qué se te da bien?”
Ella me contó que toca el piano desde hace tiempo. Que lo aprendió sola, sin profesores, solo por placer. Le brillaban los ojos cuando lo decía. Pero luego añadió algo más:
—Cuando toco con otras personas delante me pongo muy nerviosa. Siento que voy a equivocarme.
Yo le conté que a mí siempre me gustó bailar. Estuve en clases de danza clásica desde pequeña, y durante muchos años fue mi refugio. Cuando bailaba en casa o en la academia, me sentía libre. Pero si me tocaba hacerlo en un auditorio lleno de gente… mi cuerpo se tensaba y me abrumaba.
Nos miramos y nos reímos, porque habíamos llegado a la misma conclusión: no nos permitíamos fallar. Y ese simple detalle lo cambiaba todo.
Lo que en casa o en espacios seguros se sentía como disfrute, en público se transformaba en tensión. No era el piano ni la danza lo que pesaba, sino la mirada imaginaria del otro. Ese “qué dirán” que tantas veces nos acompaña, silencioso pero constante.
La autoexigencia no siempre grita. A veces susurra frases que parecen inofensivas:
“Hazlo bien.”
“No te equivoques.”
“Demuestra que sabes.”
Y sin darnos cuenta, lo que antes era placer se convierte en presión. Nos alejamos del disfrute para perseguir una perfección que nunca llega, porque siempre hay algo que podría haberse hecho mejor.
Pero fallar no es lo contrario de hacerlo bien. Fallar es parte del proceso de hacerlo auténtico. Cuando nos permitimos fallar, nos damos permiso para ser humanos, para experimentar, para soltar el control y conectar con lo que realmente nos mueve.
Quizá el verdadero reto no esté en hacerlo perfecto, sino en permitirnos vivirlo. En recordar que no estamos aquí para demostrar, sino para sentir. Y eso es suficiente.
✨ Tal vez se trate de soltar la mirada del otro y reencontrarnos con la nuestra.



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