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El peso invisible de las expectativas

  • Foto del escritor: Laura Pleguezuelos
    Laura Pleguezuelos
  • 28 oct
  • 2 Min. de lectura

A veces, sin darnos cuenta, ponemos a los demás sobre un escenario invisible. Esperamos que actúen como imaginamos, que digan lo que necesitamos o que entiendan sin que tengamos que explicar nada. Y cuando no lo hacen, algo dentro de nosotros se tensa. No es rabia, no es tristeza exactamente… es esa mezcla sutil de decepción y vacío que deja una expectativa incumplida.


Hace unos días volví a ver El caballero oscuro: La leyenda renace. En una de sus escenas más intensas, Bane, uno de los villanos, le dice a Batman:


"Aquí aprendí que no hay verdadera desesperación sin esperanza"


Me quedé pensando en esa frase. La esperanza, con toda su luz, también puede hacer que perdamos el norte. A veces se convierte en una cuerda que nos ata a algo inalcanzable. Nos mantiene mirando hacia lo que debería ser, en lugar de hacia lo que es. Y ahí, justo en ese punto, nace la expectativa.


Cuando la esperanza se convierte en exigencia


La esperanza y la expectativa se parecen, pero no son lo mismo. La esperanza confía, suelta, acepta la incertidumbre. La expectativa, en cambio, necesita controlar: espera que el otro cambie, que actúe como lo haríamos nosotros, que repare algo que quizás solo nos corresponde a nosotros mirar.


Podríamos decir que la esperanza nace de la aceptación, mientras que la expectativa surge del miedo: miedo a perder, a no ser vistos, a no ser amados de la forma que deseamos.

Y cuanto más grande es la expectativa, más profunda puede ser la frustración. Porque cuando la realidad no responde a ese guion invisible, sentimos que algo falla… Aunque en realidad, tal vez lo que falla es la historia que escribimos en nuestra mente.


Soltar para mirar de verdad


Soltar una expectativa no significa renunciar a las personas. Significa mirarlas sin disfraces, sin la necesidad de que sean distintas. Es permitir que cada uno sea quien es, y que nosotros decidamos desde ahí qué lugar queremos ocupar.

Cuando soltamos el “debería”, aparece el podría. Y en ese pequeño cambio, nace la libertad emocional.


Podemos seguir teniendo esperanza —porque la esperanza nos mueve—,pero una esperanza sin exigencia, sin cadenas. Una esperanza que abra espacio, en lugar de cerrarlo.


Amar sin guiones


Soltar las expectativas no es dejar de amar. Es amar mejor. Es dejar de exigir que el otro se acomode a nuestro guión interno, y empezar a escribir desde la realidad compartida.


Cuando logramos mirar sin filtros, lo que aparece es la autenticidad: la del otro, y también la nuestra.


Porque aceptar no es conformarse. Aceptar es comprender que la vida —y las personas— son imperfectas, pero aún así dignas de ser amadas tal como son.


✨ A veces, lo que más nos libera no es que el otro cambie, sino dejar de esperar que lo haga.

 
 
 

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Laura Pleguezuelos Psicología N.C. A013808        © Todos los derechos reservados

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