top of page

Los niños que habitan nuestras relaciones

  • Foto del escritor: Laura Pleguezuelos
    Laura Pleguezuelos
  • 29 oct
  • 2 Min. de lectura

Hace tiempo llevé un caso de pareja que recuerdo con mucha ternura.


No venían porque hubiera pasado algo grave, sino porque querían revisar ciertas dinámicas que, de vez en cuando, les hacían tropezar. Querían aprender a cuidarse mejor.


En una de las sesiones, les pedí que se sentaran frente a frente. Que se miraran y, con respeto, se dijeran lo que les dolía del otro.


Ella empezó primero. Sus palabras salían con fuerza, con rabia, pero también con un alivio que hacía tiempo necesitaba. Por fin podía ponerle voz a lo que guardaba en silencio.


Cuando le tocó a él, dudó. Me miró, buscando un punto desde donde empezar. Lo acompañé para que encontrara las palabras. Cuando terminó, su cuerpo estaba tenso, como si llevara años sosteniendo algo que por fin había soltado.


Les pedí que cerraran los ojos. Que respiraran y recibieran lo que el otro había dicho. Que notaran cómo se sentían, sin juicio.


Después, les pedí algo más: que imaginaran que la persona frente a ellos no era su pareja, sino un niño de unos ocho años. Que volvieran a decirle aquello que les molestaba… pero ahora, hablándole a ese niño.


Los dos se quebraron. Las lágrimas llegaron sin aviso. La voz, antes dura, se volvió suave. Ya no había reproche, solo una ternura que venía de reconocer al otro desde un lugar más profundo.


Cuando los niños discuten


En ese instante comprendieron que, muchas veces, cuando discutían, no eran los adultos quienes hablaban, sino los niños que llevaban dentro.

Niños que aprendieron a protegerse del abandono, del rechazo, del miedo. Niños que solo querían sentirse seguros, comprendidos, amados.

Y algo se transformó. Empezaron a mirarse distinto. Ya no como dos adultos intentando ganar una discusión, sino como dos niños intentando no perderse.


Amar con ternura consciente


John Bradshaw decía en una de sus obras: "Hasta que sanemos a nuestro niño interior, seguiremos recreando nuestras heridas en nuestras relaciones"


Y tenía razón. Porque en el fondo, nuestras relaciones no son solo el encuentro entre dos adultos, sino entre dos niños.

El amor adulto es también un diálogo entre esos niños que un día no fueron vistos, y que hoy buscan ser mirados sin juicio.

Amar no es curar al otro. Es ofrecerle un espacio donde pueda descansar su herida sin miedo. Es aprender a reconocer que, cuando el otro reacciona, muchas veces lo hace desde un dolor antiguo, no desde una intención nueva.


Mirar con compasión


Tal vez amar consista, simplemente, en eso: en poder mirar al otro y ver, detrás de su gesto, al niño que solo quiere que esta vez alguien se quede.

Y quedarnos. No para rescatarlo, sino para acompañarlo mientras aprende a sentirse seguro con nuestra presencia.


✨ Porque cuando miramos al niño del otro con ternura, también sanamos al nuestro.

 
 
 

Comentarios


Laura Pleguezuelos Psicología N.C. A013808        © Todos los derechos reservados

bottom of page