Sacudirnos por dentro: del bloqueo al movimiento
- Laura Pleguezuelos
- 6 nov
- 2 Min. de lectura
No sé si tienes perro, pero si alguna vez has convivido con uno, quizá te hayas fijado en algo curioso: se sacuden.
Lo hacen cuando están mojados, sí, pero también cuando algo los ha alterado, después de una situación tensa o simplemente al cambiar de actividad. Es su forma natural de pasar de un estado a otro, de liberar lo que su cuerpo no necesita retener.
Nosotros, en cambio, no solemos hacerlo tan fácilmente. Cuando algo nos preocupa o nos duele, tendemos a quedarnos atrapados en la mente. Damos vueltas una y otra vez a lo mismo: analizamos, recordamos, anticipamos. Pensamos que si lo comprendemos del todo, desaparecerá el malestar. Pero muchas veces ocurre lo contrario: cuanto más pensamos, más nos enredamos.
La rumiación y la preocupación son como una especie de sacudida al revés. En lugar de liberar, acumulamos tensión. En lugar de mover la emoción, la congelamos bajo capas de pensamientos. Nos quedamos suspendidos entre sentir y actuar, como si estuviéramos en pausa.
Sin embargo, el cuerpo —igual que el perro— sabe lo que necesita. A veces basta con permitirnos volver a habitarlo: respirar profundo, movernos, llorar, escribir, o simplemente detenernos un momento a sentir lo que está ahí sin intentar cambiarlo. No se trata de forzar un bienestar inmediato, sino de abrir un espacio para que la emoción encuentre salida.
El perro no se cuestiona por qué se sacude. No lo analiza, no lo posterga, no lo juzga. Solo lo hace. Y quizá ahí hay algo que podríamos recordar: no todo se resuelve pensando. Algunas cosas se liberan permitiendo que el cuerpo haga lo que la mente teme.
✨ A veces, sanar no es entender más, sino sacudirnos por dentro y dejar que la vida vuelva a moverse.



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